¿Dar la cara?, ¿y si me la parten?
¡Qué bien se está arropado por la masa, por la multitud, por el "colectivo",
que se dice! ¡Qué calentito y qué abrigado! ¡Qué cómodo le resulta a uno ser ese
Vicente que, sencillamente, va siempre donde va la gente, sin más
complicaciones!... ¡Y qué poco fuste tiene quien huye de singularizarse!...
Pilar Cambra
Redactora Jefe de Expansión.
Fuente: http://www.expansionyempleo.com
Dicen que estos son tiempos de feroz individualismo,
que todos y cada uno de nosotros peleamos a muerte para que se nos identifique
al primer vistazo: yo soy yo y no éste, ni aquel, ni el de más allá, ¡no me
confundas, no te confundas! ¡Yo no me parezco a nadie ni quiero seguir los
caminos trillados! ¡Yo soy único, personal, intransferible, insustituible! La
cosa puede llegar a extremos de extravagancia: adoptamos indumentarias, modas,
costumbres, lenguajes que rozan la anormalidad, como si viviéramos en una
adolescencia tardía -digo más: ridícula- cuyo único objetivo es sacar la
cabecita por encima de las cabecitas de los demás. Buscamos desesperadamente
nuestro "minuto de gloria", como decía Andy Warhol, que en paz descanse...
Bueno, si pueden ser dos lustros de gloria, mejor que mejor...
Ese afán -que es pero que muy loable siempre que no se desmadre y caiga rodando
por el despeñadero de la excentricidad- también ha sido percibido por la
empresa, que lo ha asimilado en su provecho: trabajos a medida, sueldos a
medida, incentivos a medida, compensaciones a medida... Te vemos, te observamos,
te valoramos, te comprendemos... Y los resultados, a lo que parece, son de lo
más positivo: es excelente que, resumiendo, el personal currante no se sienta
eso, personal anónimo, sino personas perfectamente identificadas, calibradas,
pesadas y medidas. ¡Olé!
Lo que pasa es que esto de la "individualización" no siempre mola, no se
ejerce a las duras y a las maduras, no se mantiene contra viento y marea.
Supongamos, por ejemplo, que en nuestra empresa se está produciendo una
injusticia flagrante, evidente, constatable... ¿Tendremos coraje para salir de
la masa, del grupo, del "colectivo" que runrunea y runrunea en voz baja contra
esa injusticia y alzar nuestra voz, fuerte y clara, para denunciar la situación?
Digo: alzar nuestra voz en solitario, no en un "comunicado conjunto" ni en una
murmuración anónima... ¡Ah, claro; habrá que pensarlo y ser prudente, porque una
cosa es defender la individualidad y otra ser un imbécil y un "pringao"!...
¿Y si la actuación de la empresa –o de algunos de nuestros colegas– choca
frontalmente contra alguna de nuestras convicciones profundas e irrenunciables,
si los negocios que nos dan de comer se hacen un poco más sucios, si hay conatos
de mal trato, si se van perdiendo las formas y los fondos, si ciertos aspectos
éticos quedan arrinconados?... Bueno, en fin, vamos a ver si esto es un fallo
eventual, o una tendencia pasajera, o un derrotero tomado por error, sin mala
intención... Esperemos, esperemos: cautela, silencio...
En cualquier caso, no tengo por qué ser yo el primero en denunciar, en
avisar, en reprochar, en quejarme, en afear tal conducta... No es mi
responsabilidad; no tengo poder para eso; nadie me ha dado vela en este
entierro... Ya se encargará otro, ya hablará otro, ya cantará la gallina "el
colectivo"... Yo aquí, quieto, parado...
Y es que el enemigo más feroz del individualismo no es el colectivismo sino
el miedo... Y es en ese instante de repliegue, en ese
momento en el que uno corre a refugiarse en la masa, cuando hay que percatarse
de que uno tiene cara para partírsela de vez en cuando por aquello en lo que
cree.